miércoles, junio 14, 2006

Huellas

Caminares
Tengo el cuerpo todo lleno de palabras. En los análisis de sangre, siempre aparecen más palabras que glóbulos:
—El colesterol está dentro de los límites, pero las palabras... —me dice el médico, y frunce el ceño.
Las palabras me caminan adentro, mientras yo camino. En mis ires y venires a lo largo de la costa de Montevideo, las palabras van y vienen todo a lo largo de mí: ellas se buscan, se encuentran, se juntan, y juntas crecen y se van convirtiendo en cuentos que quieren ser contados. Entonces las palabras golpean a las puertas de mi cuerpo, la puerta de la boca, la puerta de la mano, queriendo salir, queriendo darse, mientras yo me dejo ir por la orilla del río ancho como mar. Fue a la orilla de ese río-mar donde alguna vez también yo golpeé a las puertas de un cuerpo, queriendo salir, queriendo darme, y fui nacido.
El tajo
Por acaso del destino, yo estaba allí. Era el tiempo de la guerra, yo andaba de siete años recién cumplidos.
No soy frecuentador de tristezas, creamé. Rolendio Martínez, un servidor, ya va para un siglo de vida. Nunca gusté de negruras, ni encontré tocayos, ni tuve trabajo aliviado. A esta altura ya no cumplo años ni uso reloj, pero no soy yacaré viudo para andar caminando con la cabeza volteada. Así que no vaya a interpretarme mal. Lo mío no es manía. Yo vi lo que vi, y lo sigo viendo. Con los ojos abiertos, y durmiendo también. Nunca conseguí sacarme ese amargamiento.
Clarito, lo veo. Había un hombre que tenía un pañuelo colorado en el pescuezo. Algo andaría haciendo, quién sabe, ahí a la orilla del arroyo Sarandí. En eso, escuché caballos. Y vi. Fue cosa de un momentito. Dos jinetes llegaron de atrás, pasaron como viento, uno cazó al hombre por el pañuelo y el otro pegó el cuchillazo, y después limpió el cuchillo, al galope, en el anca del caballo. Y se perdieron en el polvo.
Fue a la hora de la siesta, en pleno verano. La memoria mía no ha tenido el consuelo de la niebla, ni la excusa de la oscuridad. Fue hace noventa años, y lo veo todavía: el tajo de oreja a oreja, el chorro de sangre, el hombre que salió corriendo, pegando manotazos, sin saber que estaba muerto.
La memoria
Los geólogos andaban persiguiendo los restos de una pequeña mina de cobre que se había llamado Cortadera, que había sido y ya no era y que no estaba en el mapa ni en ninguno de los lugares donde ellos la buscaban.
En el pueblo de Cerrillos, alguien les dijo:
—Eso, nadie sabe. El viejo Honorio, quién sabe si sabe.
Don Honorio, vencido por el vino y los achaques, los recibió echado en el catre. Les costó convencerlo. Al cabo de unas cuantas horas y tragos y cigarrillos y dinero, que sí, que no, que ya veremos, aceptó acompañarlos al día siguiente.
Agobiado emprendió la marcha don Honorio, a los tropezones, y a duras penas trepó las primeras lomas y atravesó el río seco. Pero a medida que iba recorriendo huellas, viajando a lo largo de la quebrada y a lo largo del tiempo, se le fue afirmando el paso. Poquito a poco, el cuerpo doblado se le enderezó.
—¡Por ahí! ¡Por ahí! —señalaba el rumbo, y se le alborotaba la voz cuando iba reconociendo sus lugares perdidos.
Se había echado a andar en silencio, a la cola de todos, pero al cabo de un día entero de caminata, don Honorio era el más conversador, y bajó al valle a la cabeza de los jóvenes exhaustos.
Durmió de cara a las estrellas, fue el primero en despertar. Estaba apurado por llegar a la mina, y no se desvió ni se distrajo.
—Ese es el trillo de la excavadora —señaló. Y sin la menor vacilación, ubicó las bocas de los socavones y los lugares donde habían estado las mejores vetas, la chatarra que había sido máquina, las ruinas de barro que habían sido casas, los secarrales que habían sido vertientes de agua. Ante cada sitio, ante cada cosa, don Honorio contaba una historia, y cada historia estaba llena de gente y de risa.
Cuando emprendieron el regreso, ya don Honorio estaba siendo bastante menor que sus nietos.
El profesor
En el patio de baldosas, sonó un estrépito de botas con espuelas. Desnudo, tirado boca abajo sobre el charco de su sangre, el Tito Bernal alcanzó a entreabrir un ojo. Y pudo ver las botas plantadas ante su cara, botas que olían a cuero mojado, y desde ellas, la larga sombra que partía en dos el patio. Le ardió en el ojo la blancura del patio, blanco de luna.
Allá en lo alto de las botas, tronó una voz. El Tito la reconoció. Era la voz de Alcibíades Britez, jefe de policía de Asunción, un servidor de la patria que cobraba los sueldos y recibía las raciones de setecientos policías muertos. El Tito había escuchado esa voz cada una de las muchas veces que había sido molido a palos por causa de las ideas que creía y la gente que quería, porque andaban haciendo alboroto los campesinos sin tierra o porque se estaba llenando la ciudad de panfletos y pintadas que no eran para nada cariñosos con el superior gobierno.
La bota lo pateó, lo hizo rodar, la voz sentenció:
—El profesor Bernal... Vergüenza debía darte. Los profesores no están para armar líos. Los profesores están para dar conocimientos.
El Tito tenía la boca hecha un estropajo, pero consiguió decir:
—Así es.
Quizás el jefe de policía lo escuchó. Si lo escuchó, no lo entendió.
Algún tiempo después, el Tito terminó de morir.
El avión
Flameaban, altas, las banderas. La banda ensayaba una y mil veces el himno nacional, mientras otros maestros ponían a punto lo mejor de la música lugareña. Un caballo, de nombre Moscardón, espantaba las vacas que se metían a pastar en la pista.
Nadie había faltado. El pueblo entero de Lorica llevaba horas esperando, achicharrándose al sol, todos con el pescuezo torcido y los ojos clavados en el cielo, encajes, lacitos, corbatas, almidonados todos como para boda o bautismo.
Desde lejos, lo vieron venir. Y tragaron saliva. Y cuando el esperado se lanzó a tierra, el tremendo trueno y el latigazo de viento provocaron una estampida general en la concurrencia.
Por fin las hélices dejaron de girar y calló aquel ruido de guerra. Y la multitud boquiabierta pudo ver, de lejos, al gigante. Inmóvil en la neblina del polvo rojo, la máquina, negra, brillaba.
Nunca se había visto un avión en el pueblo de Lorica. La gente quedó muda de espanto, paralizada ante tanto prodigio, hasta que un valiente rompió filas y corrió. Y al pie del monstruo, gritó:
—¡Huele a jabón!
Entonces la música estalló. Las dos orquestas tocaban simultáneamente el himno patrio y un popurrí de vallenatos, mientras la multitud atropellaba saltando y bailando. Los pasajeros fueron bajados en andas y al piloto lo ahogaron en un mar de flores. Y celebrando la aparición del venido del cielo, se echó a correr el trago fuerte y se desató la parranda, dale y dale, en las calles del pueblo.
El avión había hecho una escala, una paradita para seguir viaje hacia otros rumbos, pero ya no pudo despegar.
—Ese fue el primer secuestro aéreo de la historia de Colombia —dice David Sánchez-Juliao, el más joven de los secuestradores.
La flor
Parece orquídea, pero no. Huele a gardenia, pero tampoco. Sus grandes pétalos, alas blancas, tiemblan queriendo volar, irse del tallo: en Cuba la llaman mariposa.
Alessandra Riccio plantó, en tierra de Nápoles, un bulbo de mariposa, traído desde La Habana. En tierra extraña, la mariposa dio hojas, pero no floreció. Y pasaron los meses y los años, y seguía sin nada más que hojas cuando unos cubanos amigos de Alessandra llegaron a Nápoles y se quedaron en su casa durante una semana.
Entonces, en los alrededores de la planta, sonaron y resonaron las voces de su tierra, el antillano modo de decir cantando: la planta escuchó esa música de las palabras día tras día y noche tras noche, porque los cubanos hablan despiertos y dormidos también.
A la semana, Alessandra dijo adiós a sus amigos. Y cuando regresó del aeropuerto, una enorme flor blanca la estaba esperando. Las alas desplegadas brillaban, luminosas, en la noche de su casa.
El viaje
El sol se está escondiendo tras los cipreses, cuando Aurora llega al cementerio de San Antonio de Areco. La han llamado:
—Necesitamos el lugar. Se muere mucha gente, usted comprenda.
Y un funcionario le dice:
—Mucho gusto, señora. Son trescientos pesos. Aquí tiene.
Y le entrega los huesos, dentro de una bolsa de esas que se usan para echar la basura.
En un automóvil negro y enorme, Aurora Meloni se lleva los huesos. El chofer, vestido de negro desde la gorra hasta los zapatos, maneja en silencio. Ella agradece ese silencio. No mira la bolsa de plástico negro. Mira al mundo, que corre al otro lado de la ventanilla. En un descampado, unos muchachos juegan al fútbol. Aurora no soporta esa alevosa felicidad; da vuelta la cara. Mira la nuca del chofer. No mira la bolsa, que viaja en el suelo, apretada entre sus piernas.
Dentro de esta bolsa, ¿quién está? ¿Aquel muchacho que vendía con ella queso casero y dulce de leche en las ferias de los barrios de Montevideo? ¿Aquél que con ella enredado dormía? ¿Por qué nadie les avisó que todo iba a durar tan poco? ¿Dónde están las palabras que no se dijeron? Las cosas que no hicieron, ¿dónde están? Muchos años han pasado. Diecisiete años, o veinte, o cien. El oficial que había arrancado a Daniel de su cama a puñetazos, sigue estando donde antes estaba. Los hombres, armados hasta los dientes, que acompañaban al oficial, también siguen estando, y siguen armados hasta los dientes. ¿Y Daniel? En esta bolsa de plástico, ¿está Daniel? ¿Aquel que amenazaba con cambiar al mundo y fue arrojado a la vera de un camino como éste, con treinta y seis agujeros en el cuerpo?
¿Y ella? En este automóvil de nunca acabar, este fúnebre adefesio de alquiler, ¿está ella? ¿Es ella esta mujer que se muerde los labios y siente agujitas en los ojos? ¿Será esto un automóvil? ¿O será aquel tren fantasma que alguna vez se escapó de la vía, con ella adentro, y se la llevó a ninguna parte? Aurora quisiera llorar, quisiera llorarse, pero tiene la cara reseca. Y a su lado viaja la bolsa de plástico negro, cerrada con un nudo.
La cárcel
En 1984, enviado por alguna organización de derechos humanos, Luis Niño atravesó las galerías de la cárcel de Lurigancho, en Lima. Luis se abrió paso a duras penas y se hundió en el sopor, en el dolor, en el horror. En aquella soledad llena de gente, todos los hombres estaban condenados a tristeza perpetua. Los presos, desnudos, amontonados unos sobre otros, balbuceaban delirios y humeaban fiebres y esperaban nada.
Después, Luis quiso hablar con el director de la cárcel. El director no estaba. Lo recibió el jefe de los servicios médicos. Luis dijo que había visto muchos presos en agonía, vomitando sangre o comidos por las llagas, y no había visto ningún médico. El jefe explicó:
—Los médicos sólo entramos en acción cuando nos llama el enfermero.
—¿Y dónde está el enfermero?
—No tenemos presupuesto para pagar un enfermero.

Brecha, Montevideo, viernes 30 de mayo de 1997.

Úselo y tírelo
La sociedad de consumo ofrece fugacidades. Cosas, personas; las cosas fabricadas para durar, mueren al nacer, y hay cada vez más personas arrojadas a la basura desde que se asoman a la vida. Los niños abandonados en las calles de Colombia, que antes se llamaban gamines y ahora se llaman desechables, y están marcados para morir. Los numerosos nadies, los fuera de lugar, son "económicamente inviables", según el lenguaje técnico. La ley del mercado los expulsa por superabundancia de mano de obra barata. El Norte del mundo genera basuras en cantidades asombrosas. El Sur del mundo genera marginados. ¿Qué destino tienen los sobrantes humanos?. El sistema los invita a desaparecer; les dice: "Ustedes no existen".
¿Qué hace el Norte del mundo con sus inmensidades de basura venenosa para la naturaleza y la gente? Las envía a los grandes espacios del Sur y del Este, de la mano de sus banqueros, que exigen libertad para la basura a cambio de sus créditos, y de la mano de sus Gobiernos, que ofrecen sobornos.
Los 24 países desarrollados que forman la Organización para la Cooperación en el Desarrollo Económico del Tercer Mundo produce el 98% de los desechos venenosos de todo el planeta. Ellos cooperan con el desarrollo regalando al Tercer Mundo su mierda radioactiva y la otra basura tóxica que no saben dónde meter. Prohíben la importación de sustancias contaminantes, pero las derraman generosamente sobre los países pobres. Hacen con la basura lo mismo que con los pesticidas y abonos químicos prohibidos en casa: los exportan al Sur bajo otros nombres.
En el reino de lo efímero, todo se convierte inmediatamente en chatarra para que bien se multipliquen la demanda, las deudas y las ganancias, las cosas se agotan en un santiamén, como las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza al mercado.
El Sur, basurero del Norte, hace todo lo posible por convertirse en su caricatura. Pero la sociedad de consumo -dime cuánto consumes y te diré cuánto vales- invita a una fiesta prohibida para el 80% de la humanidad. Las fulgurantes burbujas se estrellan contra los altos muros de la realidad. La poca naturaleza que le queda al mundo, maltrecha y al borde del agotamiento, no podría sustentar el delirio del supermercado universal, y al fin y al cabo, la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar el equilibrio de la economía mundial mediante sus brazos baratos y sus productos a precio de ganga. En un mundo unificado por el dinero, la modernización expulsa mucha más gente que la que integra.
Para un innumerable cantidad de niños y jóvenes latinoamericanos, la invitación al consumo es una invitación al delito. La televisión te hace agua la boca y la policía te echa de la mesa. El sistema niega lo que ofrece; y no hay valium que pueda dormir esa ansiedad ni prozac capaz de apagar ese tormento. La lucha social aparece en las páginas políticas y sindicales.
El mundo de fin de siglo viaja con más náufragos que navegantes, y los técnicos denuncian los "excedentes de población" en el Sur, donde las masas ignorantes no saben hacer otra cosa que violar el sexto mandamiento día y noche. ¿"Excedentes de población" en Brasil, donde hay 17 habitantes por kilómetro cuadrado, o en Colombia, donde hay 29? Holanda tiene 400 habitantes por kilómetro cuadrado y ningún holandés se muere de hambre; pero en Brasil y en Colombia, un puñado de voraces se queda con todos los panes y peces.
Cada vez son más los niños marginados que, según sospechan ciertos expertos, "nacen con tendencia al crimen y la prostitución". Ellos integran el sector más peligroso de los "excedentes de población". El niño como amenaza pública, la conducta antisocial del menor en América, es el tema recurrente de los Congresos Panamericanos del Niño desde 1993.
A principios de siglo, el científico inglés Cyril Burt propuso eliminar a los pobres muy pobres "impidiendo la propagación de su especie". Al fin de siglo el Pentágono anuncia la renovación de sus arsenales, adaptados a las guerras del futuro, que tendrán por objetivo los motines callejeros y los saqueos; y en algunas ciudades latinoamericanas, como Santiago de Chile, ya hay cámaras de televisión vigilando las calles.
El sistema está en guerra con los pobres que fabrica, y a los pobres más pobres los trata como si fueran basura tóxica. Pero el Sur no puede exportar al Norte estos residuos peligrosos, que se multiplican cada día. No hay manera de "impedir la propagación de su especie", aunque según al arzobispo de San Pablo, cinco niños caen asesinados cada día en las calles de las ciudades brasileñas, y, según la organización Justicia y Paz, son niños buena parte de los 40 desechables que cada mes caen asesinados en las calles de las ciudades colombianas.
Tampoco se puede mantenerlos escondidos, aunque los desechables no existen en la realidad oficial: la población marginal que más ha crecido en Buenos Aires se llama Ciudad Oculta y se llaman ciudades perdidas los barrios de lata y cartón que brotan en los barrancos y basurales de los suburbios de la ciudad de México.
No hace mucho, los desechables colombianos emergieron de debajo de las piedras y se juntaron para gritar. La manifestación estalló cuando se supo que los escuadrones parapoliciales, "los grupos de limpieza social", mataban indigentes para venderlos a los estudiantes que aprenden anatomía en la Universidad Libre de Baranquilla.
Y entonces Buenaventura Vidal, contador de cuentos, les contó la verdadera historia de la Creación. Ante los vomitados del sistema, Buenaventura contó que a Dios le sobraban pedacitos de todo lo que creaba. Mientras nacían de su mano el sol y la luna, el tiempo, el mundo, los mares y las selvas, Dios iba arrojando al abismo los desechos que le sobraban, pero Dios, distraído, se había olvidado de la mujer y del hombre, que esperaban allá en el fondo del abismo, queriendo existir. Y ante los hijos de la basura, Buenaventura contó que la mujer y el hombre no habían tenido más remedio que hacerse a sí mismos, y se habían creado con aquellas sobras de Dios. Y por eso nosotros, nacidos de la basura, tenemos todos algo de día y algo de noche, y somos un poco tierra y un poco agua y un poco viento.

poemas amados

SI PUDIERA VIVIR…

Si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría de cometer mas errores; no intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. Seria más tonto de lo que eh sido, de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad. Seria menos higiénico.
Correría mas riesgos,haría mas viajes, contemplaría mas atardeceres, subiría mas montañas. Nadarían mas ríos, iría a lugares donde nunca eh ido, comería mas helados y menos habas, tendría mas problemas reales y menos imaginarios.
Yo fui de esas personas que vivió serena y prolíficamente cada minuto de su vida,
claro que tuve momentos de alegría pero si pudiera volver atrás trataría de tener solamente buenos momentos, por si no lo saben, de eso esta hecha la vida, solo de momentos.
No te pierdas ahora.
Yo era de esos que nunca va a ninguna va a ninguna parte sin un termómetro, una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas. Si pudiera volver a vivir viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo a principio de la primavera y seguiría así hasta concluir otoño, daría mas vueltas en calicata, contemplaría mas amaneceres y jugaría con mas niños.
Si tuviera otra vez la vida por delante. pero tengo 85 años y sé que me estoy muriendo .

Anónimo



Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una
mano y encadenar un alma, y uno aprende que el amor no significa acostarse y
una compañía no significa seguridad, y uno empieza a aprender...
Que los besos no son contratos y los regalos no son promesas, y uno empieza
a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos, y uno aprende
a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno de mañana es
demasiado inseguro para planes... y los futuros tienen una forma de caerse
en la mitad.
Y después de un tiempo uno aprende que si es demasiado, hasta el calor del
sol quema. Así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en
lugar de esperar a que alguien le traiga flores.
Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno realmente es fuerte, que
uno realmente vale, y uno aprende y aprende... y con cada día uno aprende.
Con el tiempo aprendes que estar con alguien porque te ofrece un buen futuro
significa que tarde o temprano querrás volver a tu pasado.
Con el tiempo comprendes que sólo quien es capaz de amarte con tus defectos,
sin pretender cambiarte, puede brindarte toda la felicidad que deseas.
Con el tiempo te das cuenta de que si estás al lado de esa persona sólo por
acompañar tu soledad, irremediablemente acabarás no deseando volver a verla.
Con el tiempo entiendes que los verdaderos amigos son contados, y que el que
no lucha por ellos tarde o temprano se verá rodeado sólo de amistades
falsas.
Con el tiempo aprendes que las palabras dichas en un momento de ira pueden
seguir lastimando a quien heriste, durante toda la vida.
Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo hace, pero perdonar es
sólo de almas grandes.
Con el tiempo comprendes que si has herido a un amigo duramente, muy
probablemente la amistad jamás volverá a ser igual.
Con el tiempo te das cuenta que aunque seas feliz con tus amigos, algún día
llorarás por aquellos que dejaste ir.
Con el tiempo te das cuenta de que cada experiencia vivida con cada persona
es irrepetible.
Con el tiempo te das cuenta de que el que humilla o desprecia a un ser
humano, tarde o temprano sufrirá las mismas humillaciones o desprecios
multiplicados al cuadrado.
Con el tiempo aprendes a construir todos tus caminos en el hoy, porque el
terreno del mañana es demasiado incierto para hacer planes.
Con el tiempo comprendes que apresurar las cosas o forzarlas a que pasen
ocasionará que al final no sean como esperabas.
Con el tiempo te das cuenta de que en realidad lo mejor no era el futuro,
sino el momento que estabas viviendo justo en ese instante.
Con el tiempo verás que aunque seas feliz con los que están a tu lado,
añorarás terriblemente a los que ayer estaban contigo y ahora se han
marchado.
Con el tiempo aprenderás que intentar perdonar o pedir perdón, decir que
amas, decir que extrañas, decir que necesitas, decir que quieres ser amigo,
ante una tumba, ya no tiene ningún sentido.
Pero desafortunadamente, solo con el tiempo...
Anónimo


Instrucciones para llorar

Instrucciones para llorar. Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

Julio Cortázar



















Una carta de amor
Todo lo que de vos quisiera
es tan poco en el fondo
porque en el fondo es todo

como un perro que pasa, una colina,
esas cosas de nada, cotidianas,
espiga y cabellera y dos terrones,
el olor de tu cuerpo,
lo que decís de cualquier cosa,
conmigo o contra mía,

todo eso es tan poco
yo lo quiero de vos porque te quiero.

Que mires más allá de mí,
que me ames con violenta prescindencia
del mañana, que el grito
de tu entrega se estrelle
en la cara de un jefe de oficina,

y que el placer que juntos inventamos
sea otro signo de la libertad.
Julio Cortázar


La insoportable levedad del ser (fragmento)
" Sintió en su boca el suave olor de la fiebre y lo aspiro como si quisiera llenarse de las intimidades de su cuerpo. Y en ese momento se imaginó que ya llevaba muchos años en su casa y que se estaba muriendo. De pronto tuvo la clara sensación que no podría sobrevivir a la muerte de ella. Se acostaría a su lado y querría morir con ella. Conmovido por esa imagen hundió en ese momento la cara en la almohada junto a la cabeza de ella y permaneció así durante mucho tiempo.....Y le dio pena que en una situación como aquella, en la que un hombre de verdad sería capaz de tomar inmediatamente una decisión, él dudase, privando así de su significado al momento mas hermoso que había vivido jamás (estaba arrodillado junto a su cama y pensaba que no podría sobrevivir a su muerte). Se enfadó consigo mismo, pero luego se le ocurrió que en realidad era bastante natural que no supiera que quería: El hombre nunca puede saber que debe querer, porque vive solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores. No existe posibilidad alguna de comprobar cual de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero que valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni un boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro.
(...)
Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada. Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad.
(...)
La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será. Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes. "
Milan Kundera

Aforismos (Consideraciones acerca del pecado)
1. El camino verdadero pasa por una cuerda, que no está extendida en alto, sino sobre el suelo. Parece preparada mas para hacer tropezar, que para que se siga su rumbo. 2. Todos los errores humanos son fruto de la impaciencia. Interrupción prematura de un proceso ordenado, obstáculo artificial levantado al derredor de una realidad artificial. 5. A partir de cierto punto no hay retorno. Este es el punto que hay que alcanzar. 35. El poseer no existe, existe solamente el ser: ese ser que aspira hasta el último aliento, hasta la asfixia. 36. En un tiempo no podía comprender porqué no recibía respuesta a mi pregunta, hoy no puedo comprender como pude estar engañado hasta el extremo de preguntar. Pero no es que me engañase, preguntaba solamente. 37. Sólo temblor y palpitación fue su respuesta a la afirmación de que tal vez poseía pero no era. 40. Lo que nos hace llamar con el nombre de juicio final al juicio universal, es sólo nuestra concepción del tiempo; en realidad se trata de un juicio sumario. 41. Por fortuna, la incoherencia del mundo parece ser de índole solamente cuantitativa.
Franz Kafka

el miedo
Una mañana, nos regalaron un conejo de Indias.
Llegó a casa enjaulado. Al mediodía, le abrí la puerta de la jaula.
Volví a casa al anochecer y lo encontré tal como lo había dejado:
jaula adentro, pegado a los barrotes, temblando del susto de la libertad.

ventana sobre la utopia
Ella está en el horizonte
Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos.
Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá.
Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré.
¿ Para que sirve la utopía? Para eso sirve, para caminar.

el sistema
Los funcionarios, no funcionan.
Los políticos hablan, pero no dicen.
Los votantes votan, pero no eligen.
Los medios de información desinforman.
Los centros de enseñanza, enseñan a ignorar.
Los jueces, condenan a las victimas.
Los militares están en guerra contra sus compatriotas.
Los policias no conváten los crimenes, porque están
ocupados en cometerlos.
Las bancarrotas se socializan, las ganancias se
privatizan.
Es más libre el dinero que la gente.
La gente, está al servicio de las cosas.

Eduardo Galeano



el diagnostico y la terapeutica

El amor es una enfermedad de las más jodidas y contagiosas. A los enfermos cualquiera nos reconoce.
Hondas ojeras delatan que jamás dormimos, despabilados noche tras noche, por los abrazos o por la ausencia de los abrazos, y padecemos fiebres devastadoras y sentimos una irresistible necesidad de decir estupideces.
El amor se puede provocar dejando caer un puñadito de polvo de quereme, como al descuido, en el café o en la sopa o el trago. Se puede provocar, pero no se puede impedir
No lo impide ni el agua bendita, ni lo impide el polvo de hostia, tampoco el diente de ajo sirve para nada. El amor es sordo al Verbo divino y al conjuro de las brujas . No hay decreto de gobierno que pueda con él , ni pócima capaz de evitarlo, aunque las vivanderas pregonen, en los mercados infalibles brebajes con garantía y todo.
La función del arte 1
Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.
Viajaron al sur.
Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.
Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.
Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:
—¡Ayúdame a mirar!
El mundo
Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
—El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.
No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

Eduardo Galeano

Rayuela – Capítulo 18

No ganaba nada con preguntarse qué hacía allí a esa hora y con esa gente, los queridos amigos tan desconocidos ayer y mañana, la gente que no era más que una nimia incidencia en el lugar y en el momento. Babs, Ronald, Ossip, Jelly Roll, Akhenatón: ¿qué diferencia? Las mismas sombras para las mismas velas verdes. La sbornia en su momento más alto. Vodka dudoso, horriblemente fuerte.
Si hubiera sido posible pensar una extrapolación de todo eso, entender el Club, entender Cold Wagon Blues, entender el amor de la Maga, entender cada piolincito saliendo de las cosas y llegando hasta sus dedos, cada títere o cada titiritero, como una epifanía; entenderlos, no como símbolos de otra realidad quizá inalcanzable, pero sí como potenciadores (qué lenguaje, qué impudor), como exactamente líneas de fuga para una carrera a la que hubiera tenido que lanzarse en ese momento mismo, despegándose de la piel esquimal que era maravillosamente tibia y casi perfumada y tan esquimal que daba miedo, salir al rellano, bajar, bajar solo, salir a la calle, salir solo, empezar a caminar, caminar solo, hasta la esquina, la esquina sola, el café de Max, Max solo, el farol de la rue de Bellechasse donde... donde solo. Y quizá a partir de ese momento.
Pero todo en un plano me-ta-fí-sico. Porque Horacio, las palabras... Es decir que las palabras, para Horacio... (Cuestión ya masticada en muchos momentos de insomnio) Llevarse de la mano a la Maga, llevársela bajo la lluvia como si fuera el humo del cigarrillo, algo que es parte de uno, bajo la lluvia.
Volver a hacer el amor con ella pero un poco por ella, no ya para aprender un desapego demasiado fácil, una renuncia que a lo mejor está encubriendo la inutilidad del esfuerzo, el fantoche que enseña algoritmos en una vaga universidad para perros sabios o hijas de coroneles.

Si todo eso, la tapioca de la madrugada empezando a pegarse a la claraboya, la cara tan triste de la Maga mirando a Gregorovius mirando a la Maga mirando a Gregorovius.

Rayuela - Capítulo 7

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entre-abriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces juga-mos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agran-dan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, res-pirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes,
jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un per-fume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Rayuela – Capítulo 68

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían
en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada
vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grima-
do quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo
cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando,
reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina
al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo
era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba
los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelu-
nios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio les encresto-
riaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfu-
rosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgu-
mio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa.
¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpa-
ramar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas,
y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas
gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las
gunfias.
Julio Cortázar